Hasta hace unos años, se creía que la alimentación bastaba para mantener la salud. Hoy en día tenemos una gran cantidad y variedad de comida a nuestro alcance e ingerimos un exceso de calorías, pero esto no equivale a una buena nutrición.
En los países más pobres, el problema básico es la carencia de alimentos, que lleva a aquejar de hambre a una gran parte de la población; sin embargo, en las sociedades occidentales, los problemas derivan de una alimentación moderna, rica en grasas artificiales y desnaturalizadas, exceso de proteínas cárnicas, de azúcares y de alimentos muy refinados y manipulados, y por otro lado, carente de nutrientes vitales como los ácidos grasos poliinstaturados, vitaminas, minerales y oligoelementos, dando lugar a una clase de patologías poco comunes en los países desarrollados.
La comida moderna que es tan sabrosa, que viene empaquetada de forma tan atractiva y que es tan fácil de calentar en las cocinas modernas del siglo XXI puede resultar nociva aunque este punto nos resulte muy difícil de aceptar. De hecho, podría decirse que la dieta basura en una enfermedad en si misma, cuyas consecuencias son las denominadas enfermedades degenerativas de nuestra sociedad como los problemas cardiovasculares, la artritis o la diabetes de tipo II.
Un segmento cada vez mayor de nuestra población he aprendido que puede convertirse en el dueño de su propia salud, sustituyendo unos patrones de conducta que fomentan una alimentación inadecuada por otros totalmente nuevos que persiguen una nutrición óptima.
¿Porqué tenemos que aceptar algo inferior a lo óptimo si lo tenemos a mano?





