El apio ejerce una acción alcalinizante y desintoxicante. Por su composición neutraliza el exceso de acidez de la sangre y facilita la eliminación urinaria de ácidos metabólicos.
Sus propiedades se aprovechan especialmente cuando se consume en forma de zumo preparado a partir de los tallos y las hojas. En la cocina, las variedades de tallo ancho o las verdes blanqueadas son especialmente tiernas y crujientes, ideales para preparar ensaladas. Las hojas y tallos menos tiernos se pueden destinar a la preparación de caldos, sopas y potajes.
Por sus propiedades curativas el apio ha sido apreciado desde los griegos hasta nuestros días. Su fuerte aroma se debe a la cantidad de aceites esenciales que contiene junto con azúcares, potasio (K), fósforo (P), calcio (Ca), magnesio (Mg), hierro (Fe), cobre (Cu), zinc (Zn), entre otros minerales. Entre las vitaminas destacan la vitamina A, vitamina B, ácido fólico y vitaminas C y E.
Los aceites esenciales que contiene provocan la dilatación de las arterias del riñón por lo que su consumo está especialmente recomendado en caso de ácido úrico y artritis.
Su riqueza en sales minerales de efecto alcalinizante ayuda a neutralizar el exceso de ácidos en el organismo al tiempo que genera una acción remineralizante similar a la de la cebolla. Aunque contiene bastante sodio (Na), tiene un efecto hipotensor y su consumo conviene a personas hipertensas.
Es febrífugo, expectorante, abre el apetito, facilita la digestión, disminuye los gases intestinales, y disminuye el nivel de azúcar, así como el nivel de colesterol y de lípidos en la sangre.
Su uso se desaconseja a mujeres embarazadas durante los tres primeros meses debido a que puede provocar contracciones uterinas y aumentar el riesgo de aborto. También en casos de afecciones renales o cistitis, ya que podría agravar los síntomas.






