Vivimos en un mundo muy complejo, en continuo cambio. Estamos rodeados de múltiples canales de comunicación e información que funcionan las 24 horas del día los siete días de la semana. Este flujo continuo de nuevas informaciones supone que debemos revisar, reordenar, y organizar casi a diario gran parte de nuestros conocimientos. Antes no era fácil acceder a los nuevos datos; el reto consistía entonces en acceder a la información mientras que ahora nos enfrentamos cada día a la llegada de nuevos datos: el reto es el de obtener la información adecuada. Todo esto nos diferencia cada vez más de lo que sabemos, de lo que vivimos y de lo que sentimos
La dieta ha influido en la salud y en la supervivencia humana. Hasta hace unos años, se creía que la alimentación bastaba o debía bastar para mantener la salud. Hoy en día tenemos una gran cantidad y variedad de comida a nuestro alcance e ingerimos un exceso de calorías, pero esto no equivale a una buena alimentación. Si comparamos la alimentación antigua con la alimentación moderna se constata que la principal diferencia se halla en un consumo excesivo de azúcar y grasas saturadas en detrimento de proteínas siendo el gasto energético mucho menor. Esto unido al descenso en la calidad de los alimentos que, con vistas a una producción a grandísima escala han sido modificados o alterados perdiendo buena parte de sus propiedades bio-nutricionales, nos afecta de manera notable.
La situación en la que vivimos no es la misma que la de la generación anterior. Durante estos últimos 30 a 35 años en España (un poco antes en el resto de Europa) se ha producido un fenómeno denominado de Transición Nutricional* según el cual un grupo importante de la población en el tiempo correspondiente a dos generaciones, ha pasado de la hambruna al exceso y esto, ha determinado una serie de patologías que tienen su base en una alimentación errónea como las enfermedades cardio y cerbrovasculares, el sobrepeso, la diabetes, enfermedades osteoarticulares y distintas enfermedades degenerativas.
Aunque se había venido asociando obesidad, abundancia y clases elevadas, en la actualidad se advierte que en familias de renta media y baja tienen al parecer más riesgo que los ricos de los países ricos. Un reciente trabajo estadounidense viene a poner el dedo en la llaga al mostrar que los niños procedentes de familias con ingresos bajos son una diana para la diabetes. Según sus datos, estos pequeños sufren obesidad en mayor grado que sus compañeros, tienen niveles más altos de azúcar en sangre, consumen menor cantidad de nutrientes fundamentales y practican menos ejercicio; lo que aumenta considerablemente sus posibilidades de convertirse en diabéticos. Otro informe publicado en octubre pasado, alertaba de que la mayoría de los británicos sería obeso en 2050 si no se frenaban las tendencias. Según las predicciones, en 40 años, un 60% de los hombres, un 50% de las mujeres y un 25% de los niños tendrán problemas con su peso. Elaborado cada tres años, el estudio asegura que 5,91 millones de franceses tienen un índice de masa corporal superior a 30, cifra que marca la frontera de la obesidad patológica. El sobrepeso afecta especialmente a las personas de ingresos bajos y a los habitantes del norte y del este de Francia.
En una casa con pocos recursos es muy probable que la calidad de la dieta no sea la deseada. Pero en la mayoría de las familias europeas los problemas derivan de una alimentación moderna, rica en grasas artificiales y desnaturalizadas, exceso de proteínas cárnicas, de azúcares y de alimentos muy refinados y manipulados, y por otro lado, carente de nutrientes vitales como los ácidos grasos poliinstaturados, vitaminas, minerales y oligoelementos.
Tenemos que ser conscientes de que estamos siendo manipulados con mensajes publicitarios de contenidos en su mayor parte engañosos cuyo fin último es la venta masiva de un producto que poco tiene que ver con las situaciones a las que nos enfrentamos cada día en nuestra rutina: “Si quieres vivir feliz y activo ¡come esto!”, “Si quieres ser un hombre atractivo ¡bebe aquello!” Cuando adquirimos un coche de una cierta marca lo hacemos por el status social que éste nos procura; nos vestimos con ropas de marca para demostrar que pertenecemos a una cierta clase; de la misma manera, nos alimentamos de ciertos alimentos por el valor simbólico que éstos llevan impreso pues los alimentos, más allá de su valor nutritivo, son vehículos culturales. Se podría decir que nuestra evolución como individuo social depende cada vez menos de la naturaleza del ser y cada vez más de valores culturales, familiares, conceptuales e incluso virtuales. ¿Nos movemos por nuestras necesidades naturales o por algún estímulo externo (televisión, revistas, prensa, radio)? ¿Escuchamos las señales que nos envía nuestro propio cuerpo? ¿Estamos dando los pasos adecuados para proteger nuestra salud, o estamos buscando una cura milagro después de haberla perdido?
Nuestro futuro depende de nuestra elección.
* Transición Nutricional: Término acuñado por Popking para describir hechos epidemiológicos que mostraban cambios de Nutrición y Salud en países ricos, que venían determinados por cambios tecnológicos, económicos y demográficos.




